Parte
Dos. (20/11/2016)
Las novelas épicas, tal como algunos de esos otros registros que los
cronistas antiguos dejaron para la posteridad, de alguna manera están
cargadas de exageraciones, explicaciones interpoladas, tendencias
socio-políticas con imperfecciones ideológicas, indeseables errores
de interpretación que se filtraron por traducciones ingenuas, o
presencia de cierto idealismo cultual
y romántico, que las hace inexactas a la exactitud originaria que
las debiera favorecer reproductivamente para establecer la verdad
histórica que hablan pero (de ser así) desfavoreciendo la retórica
literaria. En un sentido, la biblia exhibe mucho de verdad social,
cronológica e histórica de esos pueblos y, por otro lado –al
hacerlo- se hace retórica, demasiado literaria, cuando muchos
compiladores y editores (de aquellos escritores) corrigieron y
alargaron la obra, en lugar de ser más objetivos en señalar el
mal –que se debía corregir- sin dar tantos anuncios (o
preámbulos cíclicos y poéticos) para desatar el castigo que
sobrevendría, mientras “Dios” sólo optó, unilateralmente, por
aislarse y comunicarse sólo a través de unos pocos hombres
(“inspirados” o “escogidos”). ¿Cómo es que, quien creó
todo lo que vemos (y no vemos) sea tan selectivo y exclusivo en Sus
remilgos, reclamos y juicios?
Las historias de Alejandro Magno, de seguro también, tienen esa
parcialidad que comento. Las cartas de Simón Bolívar, al no ser
escritas todas por él (sino por secretarios o imitadores) nos dan
una visión borrosa (distorsionada) del verdadero autor, una
idealización de
cosas semánticas y, a la
vez, una mentira aceptable o creíble de sus personas. ¿Qué tal si
Jesucristo nos hubiera dejado Su evangelio, de Su puño y letra?
Cuando menos, podemos inferir que Jesucristo escribía (Juan 8:8)
pero, de acuerdo a la Evidencia Interna, las autoridades de Su tiempo
no acreditaron Él fuera discípulo eximio en las escuelas de
nadie (Mat. 13:54; Mar. 6:2). Por otro lado, no todos los
escritos más antiguos tienen el relato de la mujer capturada en
adulterio (Juan 8) y, esta aclaración, no se indica en todas las
biblias que podamos adquirir en español y, sólo las editoriales
más honestas, han hecho tal aclaratoria, así sea en una nota
marginal (a pie de página). ¿No les duele -a Uds.- que la verdad
sea encubierta o disimulada? ¡Obvio! Esto confirma, por el lado que
me produce argumentos (robándome
plena confianza) que la biblia es un trabajo colectivo, sucesivo, que
tuvo pérdidas (literarias) materiales y, posiblemente, añadiduras
posteriores que la alargaron, haciéndola una pieza religiosa
¡Pero literaria! De allí que Lucas tuviera que hacer sus
investigaciones sobre el evangelio de Cristo, dejando la obra que
lleva su nombre (no siendo testigo ni
apóstol de Jesucristo).
Mientras escribo, lúdicamente desearía suceda alguna de estas
cosas: 1) Que apareciese una versión del Nuevo Testamento del 1er
siglo o, en el mejor de los casos, 2) Que el Señor Jesús (o Dios)
se mostrasen o revelasen a cada individuo que desee saciarse de la
verdad Escritural de Sus palabras, para suplir en ese vacío que la
malicia o el error humano crea, sin un veredicto de quien haya dado,
por defecto, autoridad delegada.
No es un secreto bien guardado que, los políticos con cierta
relevancia, tienen un equipo humano a quienes delegan autoridad
para que les hagan sus discursos. Moisés usaba a Aarón, su hermano,
para dirigirse al Faraón y a Israel. Saulo Pablo, por su parte, en
algunas de sus epístolas (13) deja ver quien haya escrito ciertas de
sus cartas y, ese tipo de evidencia interna favorece a la
verdad necesaria. ¿Cuántos “Tercios” (Rom. 16:22) habrán
redactado documentos o cartas, y nunca supimos algo de sus nombres?
Cuando menos, desde hace siglos, se hizo un buen intento para
eliminar los escritos apócrifos pero, en ausencia de originales
o de citas repetidas o verificables de autores afines o antagónicos,
el estudio de la originalidad de lo que leemos se dificulta para
establecer toda la verdad, no tanto de lo que se mire como señal
milagrosa, sino todas esas cosas que hoy no estén registradas para
nuestra edificación (Jn. 21:25) y lo que debió haber estado libre
de la tradición religiosa forjada a lo largo de 20 siglos. Mi duda
no está en la historicidad de Jesús,
sino en lo que fue Su verdadera enseñanza; para sacar las
añadiduras, malinterpretaciones, y la tradición religiosa de
cientos de hombres.
En lo que a mí respecta, el Antiguo Testamento (A.T.) tiene
indeseables trazas de tradición religiosa y, tratar de
quitarla, es como arar en el mar pero, el Nuevo Testamento (N.T.)
tiene menos de ese mal y, si ese trabajo se hubiera compilado en una
sola obra “cronológica” –como lo intentó Tatiano con su
Diatessaron- habríamos
conocido un mejor retrato autobiográfico de quien (supuestamente)
vino a hablarnos de Dios, siendo Hijo de Dios. ¿Cómo es que no se
manifiesta antes de Su venida ejecutoria? ¡Dios nos bendiga con la
salud de Sus palabras antes de ese destructivo término!
Pienso que, con toda la tecnología que hoy conocemos, la que hemos
oído y la que se ha de inventar, hay suficientes recursos como para
que Dios se haga accesible, abordable y manifieste. Si Él, soberana
y majestuosamente, decide no usar esos recursos técnicos o vías de
comunicación masiva del Mass Media
y resuelve emplear los métodos que antes usó -sueños o revelación
personal privada- como lo ha hecho desde siempre, pienso que nos deja
en una desventaja operativa, la que algunos han llamado fe y, otros,
ingenuidad descerebrada; pues, si mucho dentro de la religión ha
sido fraguado para manipular masas, controlar mentes bajo el temor de
amenazas o inciertas promesas de fe ¿Es más difícil el milagro
de tener una relación dialéctica abierta con toda la humanidad que
lo necesita y Le extraña?
El protestantismo, por ejemplo, surgió de las ideas de Lutero
que criticaba la venta de Indulgencias por parte de los papas de Roma
y, con seguridad, ese dinero sirvió a mucho más que para construir
la Iglesia de San Pedro, en el Vaticano. ¿No era mercadear con la
fe, lo mismo que han hecho los pastores evangélicos (mediáticos)
de estos tiempos? Si aquella Reforma produjo resultados fatales,
víctimas inocentes, negarse a mantener una relación abierta con
quienes le invocan o reclaman, me parece justo, aunque soy un pecador
injusto. ¿Te animas, Dios, a leerme?
Si Adán y Eva, por el simple pecado de la
desobediencia directa, perdieron
toda comunión con Dios, no preciso saber qué centenar de
cosas hemos perdido nosotros; no sólo por desobedecerle (directa e
indirectamente) sino por desafiarle, detestarle, injuriarle,
maldecirle o reclamarle…
Hay una promesa para Israel y, de mi parte, deseo ella sea extensiva
a toda la humanidad:
Éste es el pacto que después de
aquel tiempo haré con el pueblo de Israel —afirma el SEÑOR—:
“Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón. Yo
seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.” (Jer_31:33)
Haré con ellos un
pacto eterno: “Nunca
dejaré de estar con ellos para mostrarles mi favor; pondré mi temor
en sus corazones, y así no se apartarán de mí.” (Jer.
32:40)
¿Quién no anhela vivir en un reino de paz y justicia
imperecedera?
Me gusta que, cuando menos, uno de los escritores del N.T. haya dicho
que su conocimiento es parcial: “en parte conocemos”. La iglesia
Católica y otros credos insisten en decir que la biblia es completa
pero, para Saulo Pablo, hay parcialidad: “Porque
en parte conocemos, y en parte profetizamos…” (1Cort.
13:9). Para mí es obvio que “lo perfecto”, sólo se refiere a la
presencia o manifestación de Dios, no a la compilación e
impresión de lo que insistimos en llamar “palabra de Dios”,
porque, en ella, hay lagunas y vacíos pero, al mismo tiempo, se
halla solaz psicológico en la experiencia –de enésima mano- que
esos autores han producido (reproducido) aunque obras como las del
libro de Job no me sean sino parte de esa literatura religiosa que
alguien, con buenas intenciones, lucubró: ¿Dispondrá
Dios de la vida de los hombres -a capricho- sólo para presumir antes
Satanás, Su enemigo? ¡Lo dudo! Sin embargo, Job presenta la
muerte de los hijos de Job, otras pérdidas, como parte de lo que
Dios “permite” para “hablar luego con Job”… ¿Qué tal ese
diálogo se restableciera con toda la humanidad, y no fuera
sólo un subterfugio literario de la imaginería religiosa de tiempos
remotos? Espiritualmente, soy acéfalo sin la guía del Espíritu
Santo de Dios. No le conozco personalmente y, vender un producto –sin
haberlo probado- no está en mí, porque no es sólo mi culpa no
comprender una verdad que puede salvarme cuando obtenga Su revelación
y manifestación personal. ¿Por qué
somos, de algún modo, corresponsables para ver un milagro?
(Mat. 8:13; Mar. 9:22-23) Pero, por el otro lado, ¿dónde está la
corresponsabilidad -de Dios- para manifestarse en la vida de quienes
Le necesitamos y reclamamos una vía de acceso más simple, que
aquella de creer ciegamente a un libro que ha podido ser manipulado
con otras intenciones, distintas a la fe que Dios y Su hijo demandan
o insuflan? ¡Ayuda a mi incredulidad,
Señor Jesucristo! (Mar. 9:24)
Soy de los que opinan que, el amor ni la amistad han de
rogarse pero, en relación a Dios, sí tengo razones para ignorar mis
argumentos. Al escribir, de algún modo, pienso que puedo ser leído,
oído, entendido y, de no ser así -cuando menos- hice mi parte
dialéctica, pues, no se crea que n duermo haciendo alguna que otra
oración cuando en la oscuridad en la que vivo (indeseablemente)
tengo que irme a dormir sin el privilegio que millares de personas
tienen al poseer electricidad 24 horas al día… ¡Sí! Le estoy
rogando a Dios tener autonomía eléctrica, económica y, antes de
morir, quisiera que Él me confirmara una cita personal con la
santidad de Su Espíritu: “Dios es
Espíritu” (Jn. 4:24) y ya no creo en “la doctrina”
de la trinidad, sino sólo en Dios y Su Hijo Jesucristo, puesto que
Jesús no la enseña (Jn. 17:3)
sino todo el que fue formado para ser católico.
Contrariamente a lo que la iglesia católica haya dicho, la biblia da
un conocimiento parcial y subjetivo (de enésima mano) de cuanto sus
autores hayan escrito. Ya he suscrito mi opinión de Job y, aunque
tal diálogo no se haya restablecido
con un centenar o millar de personas que lo deseemos, sigo
insistiendo no sólo en esa posibilidad técnica, sino en esa
necesidad universal de poder hablar –interactivamente- con el
Creador y, en su defecto, con Su Hijo Jesucristo (o un angelito,
pues). Desde luego, insisto, no sería para pedirle, sino para
conocer –de primera mano- la verdad que pudo ser alterada. ¿De
veras Dios mandó escribir todo Levíticos? ¿Hizo acepción Dios al
prohibir que los sacerdotes con defectos físicos le sirvieran?
(Deut. 23:1; Lev. 21:20) ¿Hizo diferencia entre el enano, ciego, el
bastardo o jorobado? (Lev 21:20) ¡No lo sé! Pero he leído que Dios
no hace acepciones (Deut. 10:17; Job 34:19) y, cuando las hace,
razón ha de tener -como hizo con Jacob y Esaú- (Malaquías 1:2-3).
Esas pequeñas contradicciones, como la de hacer diferencias entre
quienes tengan un indeseable defecto físico que no quieren o darle
admiración al que tiene más estatura o fuerza, me recuerda aquella
frase –muy propia- que algunos hombres pasamos de largo al
clasificar (segregar) a las gentes: “No
mires a su parecer, ni a lo
grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová
no mira lo que mira el hombre;
pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová
mira el corazón.” (1Sam. 16:7). ¿Quién pues, en la
biblia ha escrito -varias cosas- que contradicen lo que supuestamente
haya dicho Dios en otra oportunidad? ¡Dímelo Dios, Señor
Altísimo! No creo que Tú seas incoherente, como lo somos los
humanos. De manera que, esa discrepancia que leo sobre bastardos,
enanos, ciegos
e “inmundos” pudo haber tenido otro origen (fuera de Dios) sino
en los prejuicios de la religión que inventan los hombres o las
mujeres. Si soy bastardo ¿es mi culpa que mis padres tuvieran sexo
ilícito fuera del matrimonio? Si soy enano o magullado de testículos
¿es mi culpa haber nacido con defectos físicos? ¡Bendito Dios!
¿Cuán diferente sería este planeta si Dios lo sanase de un todo,
con Su poder (y requerida verdad)? Yo quiero que Dios no mire la
incertidumbre de mis palabras, sino la certeza de lo que aquí
afirmo, porque “Jehová mira el
corazón”... ¡Amén! Así sea, desde ya y para siempre:
El justo por su fe vivirá. (Hab.
2:4; Rom. 1:17; Gál. 3:11)
¿Cómo, pues, me explico ese tipo de discrepancia “escritural”
donde se afirma que Dios no hace acepciones y, usando un
poquito de cerebro, noto que la religión escrita del hombre, separa
al hombre por el hombre? Al punto de excomulgarlo de los beneficios
de vivir en sociedad, no sólo alejado de la ausencia de ese Dios que
parece distante, mudo y ausente, dentro de las estructuras
jerárquicas que hemos inventado (para beneficiar a unos en
detrimento de otros). Puedo entender que nos segreguemos del pecado y
de algunos pecadores (como de la homosexualidad) pero, segregarnos
–incluso- en la división fanática de lo que unos llaman “sectas”
y otros “iglesia”… ¿Quién soy yo para vislumbrar entre lo que
Dios acepta o lo que Dios rechaza? ¡A tientas le busco! Y con torpe
diligencia, medio entiendo lo que la biblia complicadamente trata.
Tengo un amigo –George L.- cuyo fanatismo religioso lo ciega
y, con toda visceralidad, me recrimina no ser parte de la iglesia
católica visible, la cual él insiste en ser “el recipiente y la
iglesia” que Jesucristo ha creado. ¿Cómo le explico –a él- que
la primera iglesia fue enteramente judía? (no lee de los
judaizadores, sino que brinca hacia Pablo, idolatrando a Pedro).
Si le citase esto, sus oídos no oirían: “Por
camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis,
sino id antes
a las ovejas perdidas de la casa de Israel.” (Mat
10:5-6) Si usase la biblia católica (la
única versión que estima correcta) sería como hablar a una
montaña que no muevo. Sin embargo, Jesús mismo dijo: “No
soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.”
(Mat 15:24) ¡Ajá, George! Nos fregamos ¡Judíos no somos!
(racialmente) Pero aquella mujer tuvo fe -necesidad- y siendo probada
para testificar de su fe, se reconoció tan insignificante como un
perro (Mat 15:27) y, en este punto, yo critico la hipocresía de
la traducción (pro católica) de la Reina-Valera, quienes
escribieron “perrillos”, cuando la cultura judía o el texto
griego dicen, literalmente, “perros”... ¡Dios! Un perro y un
cerdo he sido (o soy) pero te necesito tanto como cualquier “santo”.
Los “Testigos de Jehová” (Testigos
de la Watchtower)
por su parte, presumen de tener “el conocimiento exacto”
del nombre de Dios y otras cosas (rayando en el gnosticismo). La
mentira que no se dice a vox populi allí es que, en el
alfabeto hebreo-arameo de aquellos siglos no se usaba la letra “J”
ni su nombre se escribía con las necesarias vocales… De modo que
es un cuento decir “Jehová” o “Jesús” porque, para ese
tiempo ni en el griego la “J” se había inventado (Juan 19:20)
como podemos verlo leyendo el griego en Juan 19:19: “᾿Ιησοῦς
ὁ
Ναζωραῖος
ὁ
βασιλεὺς τῶν
᾿Ιουδαίων.”
(allí, ni Jesús lleva “J” ni Judíos) y, debido
al uso del latín que introdujeron los romanos con su imperio, la
“yod” (la “i”,
semivocal o semiconsonante hebrea) fue sustituida por la “J”,
pero en el hebreo escrito, no era la misma cosa. ¡Además! Los
judíos no habían inventado el uso de las vocales escritas para ese
entonces… ¿Conocimiento exacto, no?
¡Bueno! Cada loco con su tema
y ¿Ciertamente verá Dios las desventajas y dificultades que tengo
para creerlo todo, ciegamente? Cuando menos me reconforta quererlo
entender con mi mente: “Y amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
toda tu mente y con todas tus
fuerzas.” (Mar 12:30)
La comunicación divina
Quienquiera haya leído un poquito sobre la teoría de la
comunicación entiende que, para que sea tal, bidireccional,
el intercambio bilateral de contenidos es lo que hace que tal
“relación” o transacción informacional sea comunicacional –de
lo contrario- es sólo transmisión de información en una dirección
(emisor-receptor) y, en ese sentido, la biblia es sólo información
escrita, reproducción de experiencias ajenas (de enésima mano).
Paradójicamente, hace muchos siglos, los levitas tenían el
beneficio del Tumim y Urim (Éxo 28:30). ¿Habrá
manera de consultar a Dios por ese medio que empleó Saúl –a la
suerte- en lo que respectan tantas cosas que no sabemos? ¡Se han
perdido! No las conocimos, sean lo que hayan sido el Urim y Tumim.
¿Qué herramientas comunicacionales de consulta nos quedan?
La biblia no es interactiva, la oración –también- fluye en una
sola dirección, de abajo hacia arriba (a menos que Él nos dé una
respuesta que resuelva la contingencia o necesidad).
La Crítica Estilística hace la
siguiente declaración en Encarta: “…suele darse por supuesto que
el sentido de los Evangelios es lo que sus redactores hicieron que
significase, en lugar de mantener el significado de la tradición
[o texto] original sobre la que se basaban.” ¡Pardiez! No
soy el único buscando la verdad… Eso del “justo
por su fe vivirá.” (Habacuc 2:4) ¿Es una promesa de Dios,
o un invento de los redactores?
Es obvio que Pablo (Saulo) la sacó de contexto, como –también- yo
lo hice pero, no tengo nada tangible que me permita vivir por otra
cosa (o causa) y, ¿no ha sido así como se ha descontextualizado más
de algún texto bíblico, haciendo un asunto “nuevo” o
“doctrina”? Saque usted sus conclusiones. En mi opinión, Pablo
hizo lo suyo tomando de Habacuc (Rom 1:17; Gál 3:11).
La
Cábala, la Brujería o el Espiritismo –por ese defecto o
imperfección comunicacional- resultaron de una necesidad, cuyo
origen está en Su búsqueda, a falta de una respuesta específica:
Comunicarse con Dios. ¿No buscó Saúl a una espiritista,
cuando Dios le rechazó? “…Dios se ha
apartado de mí, y no me responde más…” (1Sam. 28:11-15)
pero antes consultaba a Dios por medio de Samuel (1Sam. 9:8-9) Sin
embargo, YHWH sigue allí, de
algún modo, expectante (2Reyes 1:3). ¡No te apartes de mí, Dios!
Responde a la inquietud de mis preguntas.
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